domingo 30 de enero de 2011

Para el hombre de la fe

Hombre, tú que fuiste de los nuevos y eres viejo,
hombre de los cielos de fuego y las consignas de hierro.
Tú me has dado acaso un poco de letras y un tanto de guerras.

Me pongo a pensar en cómo salias de la tierra, hombre,
cómo brotabas de las masas;
yo que nunca he levantado a gritos un alma enardecida,
que no encuentro axiomas para mi resistencia.

Hombre, te miro y sólo veo pasión de vida,
la paz y la guerra se conjugan sin dolor
en tus melancólicos ojos.

Veo los elementos de la materia
pasando fulgurantes por entre tus manos
y una estación de ferrocarriles te acoge en el futuro,
en el futuro de los libres,
en ese, hombre, que, sin existir, hiciste cierto.

lunes 8 de noviembre de 2010

Canto enrojecido para Granada

La triste Andalucía y los palacios de los muslimes
con sus tristes avenidas
ya no son lo mismo.

Sé muere la tarde a lo lejos del San Nicolás,
por ahí están las callejuelas estrechas en las que se me perdió el alma
y es que aún me susurran algunas persianas abiertas
¡que vuelva! ¡que vuelva!

Tu manto de panderos y palmas
me hizo llorar un sueño, Granada.

Ruego a tu puerta de oro,
quiero subir por los cerros hasta el vetusto sol,
quiero perderme una noche en la Alhambra,
morir con una de tus mujeres en los jardines rojos del Generalife
y caer por los siglos eternos
ahogado con las simetrías de tus murallas.

Hay fuego, hay fuego en las bocas de los que pasan,
hay oro en las manos de Colón
coqueteando con la reina en la gran avenida,
miles de ritos paganos
-Cristo es un gitano sin rumbo
que ha venido cantado penas hasta llegar a España-

Me estoy desvelando cada noche
con una guitarra yerta que me hace vibrar los ojos.
Yo soy el fantasma que se quedó caminando
por las solitarias calles de los bares y los kebabs.

Donde haya canto en Granada,
ahí quiero morirme y dejar la tierra,
que yo no sabré morir hasta que vuelva.

domingo 10 de octubre de 2010

No, no es pena, pues no estoy dentro de mí, ni yo ni ella. Aunque cuando yo entre, le abriré la puerta...

viernes 18 de junio de 2010

Ese pavor lingüístico

Abuelo tengo temor
cuando escucho tu boca polisémica derramando letras.
Abuelo, tengo sueños determinantes de una agonía esdrújula
con un acento crítico que me está matando, definiendo.

Abuelo, veo tu frente yuxtapuesta que alborota
y conmuta los antiguos pleremas muertos;
y me dan tanto miedo esos rasgos sonoros.
Y espanto los celos que conjugan libremente con tus ojos,
abuelo, sin norma ni sistema.

¡Ay de los que no saben gramática, abuelo!
pobre de los que no saben escribir un poema
sin llorar sustantivos arcaizantes.

Me causan miedo los adjetivos que repito y repito
frente a una cama oblicua,
me duele tanto dejar obsoleta tu artesanía de maquinista subversivo,
abuelo inconmutable.

No quiero vagar en un mundo cenemático,
abuelo del verbo eterno,
no quiero dejar las categorías de tu número infinito,
de tu género profundamente humano,
de la persona pluralizada e indivisible,
demasiado compleja para una hipotaxis de la escoria,
de la miseria glosemática,
de la misma mierda coordinante y sofocada,

Querido abuelo catalizado,
trato cierto tejido sin preposición alguna para nombrarte entero,
sin el modo imperativo de esa irregular revolución de tu tiempo.

martes 13 de octubre de 2009

Declaracion Primera

La palabra reversible,
una imagen ambigua de superficie
cubierta con telarañas doradas.

La palabra aglutinante
fugitiva del pensamiento,
refugiada entre las cosas del mundo.

La palabra, tú debes saber, Octavio,
tú que la manoseas como puta
y la recuestas sobre nubes de plata.

La palabra moribunda con los pies mullidos,
siete flechas clavadas en mi pecho,
como siete reproducciones de muerte permanente.

La palabra que no ayuda, que sugiere hasta el hastío
lo que los años fraguan en mi tinta.

El juego de imagenes

Tenía yo como once años y era muy precoz, no me costaba cautivar con arrebatos de payaso o de bromista empedernido. Muchas veces solía ser la atracción general y no me daba problema estar cerca de las niñas de mi edad. Estaba, entonces, con una niña que me gustaba mucho, digamos que era mi novia; puesto que para nosotros los vínculos infantiles que nos unían eran todo un compromiso y una relación: era mi primer pololeo un tanto formal en la vida.

Como en esos tiempos no éramos tan desinhibidos ni desenfadados con el contacto físico, prácticamente todo nuestro noviazgo se desarrollaba por correspondencia; y, aunque yo sí estaba ansioso y a la espera de descubrir mundos nuevos y alucinantes con el tacto, aquello no me afectaba mucho, más bien me era grato. En más de alguna ocasión, mi mamá me asistió para redactar cartas en francés (lo que me parecía muy romántico y acorde a nuestra relación). Sin embargo, no pasó mucho tiempo en que llegase una misiva que me informaba sobre el término de nuestro compromiso. La niña sentenciaba que yo siempre estaba actuando; en conclusión: me consideraba falso.

Con míseros once años y un escaso poder introspectivo, yo no podía entender el fundamento del lapidario psicoanálisis de mi ex. Creo que era la primera vez que alguien me declaraba falso, pero, ciertamente, no sería la última.

Pequeños detalles como ése, nos hacen percibir el notable avance psicológico-emocional y la madurez que a temprana edad alcanzan las mujeres, madurez que las faculta para notar rasgos como esos. Lo cierto es que sería el comienzo de una seguidilla de reprimendas del mismo tipo que surgirían de las féminas.

sábado 16 de mayo de 2009

En el inventario de mi alma

Hay una música lejana que se entona en la memoria,
hay palabras recursivas que te nombran y te nombran,
hay juegos, algunas luces que no veo
y artimañas caducadas que se cuelgan de tu pelo.

Hay un libraco semiabierto
lleno de fotografías en blanco y negro.
Mi árbol familiar está marchito
y se enreda en la sonrisa marxista de mi abuelo.

Te pareces a mi madre indecisa con mejillas resbalosas.
Eres un buen sueño de invierno
sentada en la parte más preciada de mi cama.

Eres el recuerdo apareciendo cuando te vas,
un recorrido incómodo por toda mi infancia.
Hay tantas caricias y febriles deseos latiendo
¡Qué poco me calman tus manos de crema!

Hay algo de mí recordando en este instante,
una parte está escribiendo y la otra se esconde celosa.

Es tan violenta tu presencia,
amenaza con destruir los recuerdos,
pero también hay conversaciones interminables
y un YO que está pensando indeciso.

Hay ciertos arañidos que me duelen y me infectan de tristeza,
hay fotos no muy viejas
y, también, cartas que gritan en alguna parte.

Hay mucho de ti en tan poco tiempo;
y hay tan poco de mí entre tus brazos.
Hay vivencias presentes que reclaman,
pero también hay recuerdos, muchos recuerdos.

Un viejo regalo

Es tu incertidumbre la que me hace divagar
y comprimir mis deseos.
Estoy harto de hablar con un tú que no tiene nombre,
que ondea vaporoso y porfiado como tus preguntas,
como tú, como tú ya debes saber muy bien.

No sé, quizás hay cuadros
con marcos de filo impostergable
que no tocan las paredes por vergüenza.

Puede que no esté adulando como siempre,
pero tú no debes ser un continente
repleto de rosas podridas y besos disecados.

Si escojo otras palabras
es porque contigo camino en otro espacio,

Es que a veces no tengo labios
y se ha vuelto tan difícil atraparte con la mirada,
que te suplico, no te enfades
si es que alguna vez me callo por sorpresa.

Y tampoco alteres la curva de mi escrito,
porque también se me ha quedado clavado como tú,
como tú en medio de la nada.

viernes 15 de mayo de 2009

Nada que se pueda escribir
despertará a mi alma caída,
con mi borrascosa sangre muerta, nada...